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¿Cómo descubrir en la Biblia la Palabra que Dios me dirige?
Consejos del padre Raniero Cantalamessa. ¿Cómo descubrir en la Biblia la Palabra que Dios me dirige a mí en este momento? A esta pregunta responde el padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia (tanto de Juan Pablo II como de Benedicto XVI).
 -¿Qué le aconseja a un cristiano que quiere meditar en la Palabra para sacar lecciones para su propia vida o para tomar decisiones de vida bajo la mirada de Dios? Padre Cantalamessa: Depende en parte del estado de vida, de los deberes de esta persona. Si se trata de un uso personal de la Palabra de Dios, para su propia vida, lo mejor es comenzar a utilizar la Palabra que la Iglesia nos ofrece a través de la liturgia: la liturgia de las horas, la misa... Con frecuencia, el Señor para hablar se sirve de la elección de la Iglesia, de las lecturas del día. Escuchar con los oídos atentos las lecturas del día con frecuencia revela una respuesta a un problema particular. Una palabra parece hecha a nuestra medida hasta el punto de que a veces uno dice: “¡Esto ha sido escrito justo para mí!”. Por tanto, hay que valorar la elección comunitaria, no personal, hecha por la Iglesia en la liturgia. Luego está la elección personal, es decir, releer los pasajes de la Escritura que en el pasado han tenido importancia para nosotros, que nos han interpelado. Con frecuencia, el Señor vuelve a hablar a través de los mismos textos para decirnos cosas nuevas y adaptadas a las situaciones que estamos viviendo. Por tanto, hay que valorar las palabras de Dios que en el pasado han sido para nosotros indicaciones importantes. Luego hay otro medio que es utilizado en la Renovación Carismática, aunque no sólo en ella: consiste en rezar y, después de hacer un acto de fe, abrir la Biblia, pensando que se va a encontrar una respuesta del Señor, o incluso, decidiendo que se tomará como palabra de Dios para nosotros la que ca e ante nuestros ojos. No es un medio que ha inventado hoy la Renovación Carismática. Por ejemplo, es lo que le sucedió a San Agustín, quien en el momento crucial de su conversión, abrió las cartas de san Pablo decidido a tomar como voluntad de Dios el primer pasaje que leyera. Le tocó Romanos 13, donde se dice “nada de lujurias y desenfrenos”, “revistámonos de las armas de la luz”. Al leer el pasaje, experimentó cómo le penetraba una luz y una serenidad que le permitió comprender que podía vivir casto. Lo mismo le sucedió a San Francisco de Asís. Cuando todavía no sabía qué hacer, se fue a una iglesia y abrió tres veces el Evangelio y cada vez cayó en un pasaje que hablaba del envío de los apóstoles sin bastón, sin alforjas ni dinero, sin dos túnicas. Y se dijo: “esto es lo que el Señor quiere para nosotros”. Pero los ejemplos se multiplican hasta nuestros días. Teresa de Lisieux no sabía qué hacer, abrió la carta a los Corintios y en ella encontró su vocación a ser el corazón, a ser la caridad. Yo he tenido muchas confirmaciones personales y también de otras personas que han encontrado en la Biblia la Palabra de Dios. No me canso de repetir un episodio muy simpático. Estaba predicando una misión en Australia, y durante el último día vino a verme un obrero, una persona muy sencilla, para decirme que tenía un problema grave en su familia. Tenía un hijo de once años, que no estaba bautizado, pues su mujer se había hecho testigo de Jehová y no quería el bautismo. Me dijo: “¿Qué hago? Si le bautizo habrá un problema, si no le bautizo no me puedo quedar tranquilo, pues cuando nos casamos los dos éramos católicos”. Le dije: “Déjame reflexionar esta noche”. Al día siguiente, cuando llegó, me dijo: “Padre, he encontrado la solución. Ayer, cuando llegué a casa, recé, después abrí la Biblia y me salió el episodio en el que Abraham lleva a Isaac a la inmolación. Y he visto que cuando Abraham lleva a inmolar a Isaac no le dijo nada a su mujer”. Era un discernimiento perfecto, pues, de hecho, los rabinos dicen que Abraham no le dijo nada precisamente para evitar que la mujer le impidiera obedecer a Dios. Yo mismo bauticé al niño. Naturalmente hay que evitar un uso mágico de la Escritura, abrirla sin haber rezado. Esta utilización de la Escritura sólo puede tener lugar cuando se vive en un clima espiritual de obediencia a Dios. Con Dios no se bromea, a Dios no se le interroga de broma, se le interroga ante todo porque uno está decidido a hacer lo que Él nos dará a entender. Como se puede ver, hay muchos métodos, desde el público al más personal, para orientar la propia vida con la Palabra de Dios.
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